“Volver al futuro”: la recesión de la
industria nacional
El excéntrico profesor Brown le dijo al joven McFly: “Vayamos
a Argentina a 1991 para que Cavallo lleve a cabo el Plan de Convertibilidad
Nacional bajo el mandato de Carlos Menem. Después, en el 2016, hagamos lo mismo
pero cambiemos a los protagonistas”.
La irónica frase que da inicio a la presente reflexión es un
resumen del mal que está padeciendo nuestro país actualmente en materia
industrial y económica. ¿Se acuerdan del Plan de Convertibilidad Austral?
Planteaba que el valor neto de 10.000 australes equivalía a un dólar. Es decir,
cada 10.000 australes, había un dólar de reserva para el Banco Central. En
1993, dos años después de su sanción y aprobación, entró en vigencia el Peso Argentino en
reemplazo del Austral. Este fenómeno se conoció a nivel nacional como “El uno a
uno”, o sea, un peso igual a un dólar. Se implementó con la clara idea de
llevar la inflación a cero y generar mayores expectativas para un ingreso
masivo en el comercio y los negocios en el exterior. Pero no se tuvo en cuenta
un detalle: la industria nacional.
Que el dólar estadounidense tuviese la misma pesificación
que la moneda nacional, embrollaba que los productos que se comercializaban en
el extranjero adquirían igual valor monetario a los productos de procedencia
local. Pero el conflicto que se presentaba era que el obrero nacional tenía que
aplicarle un valor agregado a su producción para que le genere ganancia alguna.
Dicho más simplemente, tenía que cobrar la mano de obra, los impuestos de
recargo, los aportes a la DGI (actualmente AFIP), entre otros gatos de similar
magnitud. Por lo tanto, un interés que de costo límpido tenía $10, por ejemplo,
el operario tenía que comercializarlo a $30 para percibir una remuneración
acorde a la demanda de elaboración y costas tributarias del objeto. Pero como
la primera reforma del Estado (promovida en 1976) había suprimido el valor del
impuesto de Aduana a los bienes que entraban desde afuera, entonces todo se
conseguía a un precio mucho menor que acá y la gente apostaba por lo
internacional antes que por lo nacional.
Y hoy está sucediendo lo mismo gracias a la consumación del
sistema de venta internacional a través de Internet, llamado “puerta a puerta”;
y el impacto que va a sufrir la industria nacional en este contexto va a ser
igual o peor al suscitado en la década del noventa. El usuario que se adhiera al
servicio tendrá que pagar un impuesto tributario y declarar la entrega de su
compra en tiempo y forma en la AFIP, pero es un gasto mucho menor al que se
tendría que pagar si la transacción se culminase en el comercio local. ¿Por
qué? Porque se abaratan costos, ya que la inflación moderna eleva los
porcentajes de recargo por retenciones a valores inusitados, que ningún
consumidor ni propietario podría cubrir de forma eficiente. Por lo tanto, recibir
mercancía del exterior promueve un ahorro importante que permite invertir en
mayores rangos de la industria internacional y concebir así una solvencia
fiscal fácilmente sostenible. El escenario a futuro se entrevé muy claramente: cierre simultáneo y paulatino de fábricas y
empresas en todo el territorio nacional.
Indefectiblemente, el default que padecemos en Argentina no
ayuda a erradicar el conflicto, sino que lo alimenta y alienta a la gente a aventurarse
por lo de afuera antes que por lo de acá. Además, no existen créditos blandos
en nuestro país, razón por lo que las Pymes están perdiendo prestigio y liquidez. El Gobierno
está limitando el margen de crédito a un sector muy reducido y selectivo, que
no es el que Argentina necesita para estabilizarse económicamente. Y las
reservas de la que dispone el Banco Central están muy lejos de sacar al país de
la zanja, en caso de una devaluación severa.
Un diario del ámbito local publicó ayer que la venta local
de electrodomésticos se redujo un 8,1% respecto al mes pasado, lo que amplia
enormemente la brecha entre las perspectivas y la realidad. Los números no
mienten. El problema emergente es serio y el futuro del país en materia
económica está en jaque. Que no venga la Reina y nos dé mate, porque la
historia va a ser otra.

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